Capítulo Seis: «El Síndrome del miembro fantasma»

Como si de un reality de esos que veía mi primera dueña se tratara, en la perrera hotel-spa me transformaron de arriba a abajo para que alguien me quisiera, porque veían que, tal y como estaba, no me iba a comer un colín. Me bañaron con suavizante hasta que el blanco volvió a ser blanco, me recortaron los enredones y las barbas, me quitaron las pulgas, que ya eran como de mi familia, me pusieron un montón de vacunas y me obligaron a tomar varias pastillas «por mi bien» metidas en trozos de salchicha durante muchos días.

Pero no os creáis que todo fue bonito, porque una tarde se les olvidó darme de comer (que en qué hotel se ha visto eso) y, al día siguiente, me llevaron otra vez a la consulta de las de la bata, me pincharon algo y empezó todo a dar vueltas. Pero mal, no veáis qué mareo me dio. Me acordé de Ron, mi vecino de la perrera y pensé: «¡Malditos! Estos, en vez de ser de cámara de gas, son más de inyección letal!». Como veréis, tiendo siempre a ponerme en lo peor.

Cuando me desperté, estaba en mi jaula. Fui a incorporarme y me di una leche contra la puerta. Intenté ver contra qué me había chocado y me di otra vez. Me dolía un montón la cabeza así que me tumbé e intenté analizar la situación. De frente, veía la reja. Pero a los lados estaba todo blanco. ¡Me habían puesto una lámpara en la cabeza!. Si me movía, la lámpara daba contra algo, así que mejor no moverse. Ahí tumbadito me quedé. Al rato vino una amiga de la de la bata, me quitó la lámpara y me puso una correa para sacarme a hacer un pis. Cuando me bajó al suelo y empecé a caminar, iba aún un poco borracho pero oye, me sentía muy ligero. Como si me hubiesen quitado un peso de encima…

Nos ha jodido mayo. ¡Como que me habían quitado los huevos!

La verdad es que no me di cuenta de esto hasta que, semanas más tarde, me quitaron la lámpara de la cabeza. Me habían estado toqueteando por mis bajos las de la bata cada pocos días y quería yo… pasar a saludar. Pero cuando acerqué el morro… noté la ausencia. Un vacío en mi entrepierna. Un yoquésé quéseyo. Y me pasó durante meses, ¿eh? Que vas a chuparte los huevos y no tienes nada ahí. Luego leí en algún sitio que eso se llama el síndrome del miembro fantasma. Huevos fantasmas tenía yo.

En fin, que eso no me lo había contado Ron. Que para ser adoptado, tienes que ser joven, guapo, sano, listo, majo, hipoalergénico… y parece ser que también estéril. Detallito sin importancia que se le debió de pasar.

Peeeeeeeeeero ahora sí, cumplía con casi todo el currículum. Y lo de saber aguantarme el pis era un plus. Así que ya estaba listo para encontrar familia.

Y, como en esos reality shows que veía mi primera dueña, crucé la pasarela del hotel-spa para pasar a la siguiente fase: el refugio.

 

 

Type at least 1 character to search