Capítulo Dos: «Un perro de interior»

Yo soy un perro de interior. Como los troncos del Brasil y la planta del dinero. Para eso hice el esfuerzo de aprender a mear fuera, para poder estar dentro. Soy un perro criado al fresco del aire acondicionado. Así que yo a eso de estar en el jardín, una vez revisadas todas las plantas y meado en todas las esquinas, no le veo ninguna gracia, y menos si estoy solo.

El jardín en el que me habían dejado era un poco desastre, con trozos sin cuidar y con el césped con calvas, un poco feo. Que no es que aspire yo a echar unas cacas en los jardines de Versailles pero soy de la opinión de que si lo tienes, tenlo bien. Tenían una barbacoa cubierta con una funda (en la cual también dejé una firmita), unas flores en el lateral y un par de árboles al fondo. Lo olisqueé todo sin encontrar señales previas de otros perros, así que el jardín pasó a ser automáticamente mío. Por si no lo sabíais, así funciona el derecho sobre la propiedad en el mundo canino. Lo que meas es tuyo y sanseacabó.

Vi que me habían puesto un cacharro con agua pero estaba ya tibia porque hacía un calor infernal. Estábamos en pleno verano y aquello era inaguantable. Me tumbé a la sombra -como si eso fuera a ayudar en algo- pero la humedad me estaba asfixiando ya. Pegué el morro a la puerta corredera de cristal  durante un rato largo y no vi que hubiera nadie en casa a quien pedirle que abriera. Volví a darle vueltas al recinto, me comí unas flores, volví a tumbarme.

Esperé así todo el día. Me terminé el cacharro del agua, me comí el resto de flores. Por allí no aparecía nadie y yo ya me veía condenado al veganismo. Se hizo de noche y me dormí, agotado.

A la mañana siguiente, un humano apareció en el jardín con el cacharro del agua y el de la comida. Le hice todas las fiestas: posición vertical, salto a dos patas, carpado, salto triple mortal hacia delante, giro y media vuelta. No parecía muy entusiasmado con el show, porque farfulló algo, señaló las (ex) flores y me apartó de una patada. Me puso la comida en el suelo y se fue. Cerró de nuevo la puerta corredera y vi cómo se iban de la casa otra vez.

«Pues vaya», pensé. Y me comí todo el pienso y me bebí todo el agua en plan atracón. El aire olía a barbacoa, pero no era en mi jardín. Se empezó a oír también música de los vecinos y sus voces. Menuda fiesta se estaban montando. «Happy Fourth of July!» – Se oía.

Y, después de varias horas de olores deliciosos y música reaggetonera a todo trapo, fue anocheciendo otra vez y empezaron los ruidos. Pum. Cratacratacratacrá. Un rato de silencio. Otro Pum. Y así. Yo no sabía dónde meterme, literalmente. Me pegué todo lo posible al cristal pero no se abría. Pum. Otra vez. «Vamos a morir todos», pensé, y empecé a rascar con la pata el cristal. ¡PUM! Aquello hacía temblar la tierra, no os exagero.

Corrí al fondo del jardín y empecé a escarbar bajo la valla de madera -ris, ris, ris, ris- hasta que hice un agujero bastante grande. No me llevó mucho tiempo porque solía practicar el «escarbamiento» con los cojines del sofá. No había tiempo que perder. Pum. PUM. PUMPUMPUM. Creo que estaban en pleno ataque aéreo de misiles y en cualquier momento caería uno en el jardín. Seguí escarbando como un loco hasta que, por fin, conseguí ver el otro lado de la valla, me colé por mi túnel y salí.

Salí a una calle residencial desierta, así que no creáis que solucioné nada.  Más bien al contrario, porque ahí sí que no había dónde protegerse. Eché a correr hasta una casa y rasqué la puerta, pero estaba cerrada a cal y canto. Corrí a la siguiente y vi que tenían el garaje abierto, así que me colé y me metí debajo del coche aparcado dentro. Ahí yo creo que las bombas no te matan, así que esperé a que se acabara la guerra allí escondido. Como veréis, soy un pacifista. Y, ante todo, un perro de interior. Pero, en aquellos momentos, era un perro de interior en un espacio exterior hostil, completamente en contra de su voluntad.

Pensé un plan de acción inmediata para cuando parara el bombardeo. Paso número 1: Rastrear la barbacoa esa que olía tan bien y robar un par de perritos. Pero claro, si un perro se come un perrito para sobrevivir, ¿eso no se considera canibalismo? Qué paradoja. No llegué al paso número 2, ya que dándole vueltas a este tema, me dormí.

Ya mañana, si eso, pienso en lo de buscarme un dueño nuevo.

Continuará.

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