Capítulo Cuatro: «Con mi prima»

Tras mi salida repentina de La casa de Julio Iglesias, yo era una adolescente sin techo. Casa, lo que se dice casa, no tenía, pero tenía «familia». Mi amiga Elena y yo nos habíamos ocupado de decir a los cuatro vientos que éramos «primas» desde el inicio del viaje para que nuestras respectivas familias nos dejaran pasar más tiempo juntas. Bueno, y también por la tontería de decir que lo éramos, la verdad. El caso es que, mientras la organización se encargaba de buscarme una nueva familia para el mes de agosto, la pareja joven sin hijos de mi «prima» me adoptó temporalmente.

Yo ya había pasado muchos ratos en su casa y era todo lo contrario a la mía. Un chalecito humilde, de dos dormitorios y un baño, sin lujos. Sin piscina ni ná. Con una cortina de la ducha asquerosísima. Pero Annie y Dan (les llamaremos así) eran jóvenes y sabían divertirse, por lo que el tiempo allí siempre se pasaba volando. Además, qué demonios, tenían una cama de agua. Recuerdo entrar en su dormitorio y saltar con Elena en ese colchón ondulante, rebotar y caernos al suelo muertas de la risa, tumbarnos boca arriba mientras el colchón nos mecía repitiendo «¡cómo mola, tía, cómo mola!». Hasta que empezamos a marearnos. Pasamos del «cómo mola» al «¿cómo podrán dormir ahí?» en cuestión de diez minutos.

Así que aquel día que me quedé sin casa terminé donde Elena pidiéndole a Annie unas mierdas (shits) en vez de unas sábanas (sheets) y del ataque de risa que le dio a la tía casi la palma -«¡Unas mierdas, dice!» y se desternillaba. Creedme que ya no se me olvida cómo pronunciar sábanas. Sheeeeets. Menos mal que al menos la hice (involuntariamente) reír porque yo sé que andaban mal de pasta y que no les hacía mucha gracia tenerme, pero iban a ser solo unos días y donde cabe una caben dos.

Annie y Dan eran todo lo que podías esperar a tus quince años de los americanos. Se alimentaban solo de comida basura, no tenían ni idea de por dónde caía España en el mapa, estaban tremendamente orgullosos de ser estadounidenses, les pirraba el baseball y su bien más preciado era un Ford Mustang del 65. En él nos llevaban a todas partes, a cenar, al cine, a la bolera. Esta gente tenía su propia bola de bolera, no os digo más.

Él nos enseñó juegos de cartas. Ella nos ayudaba a sacar las letras de las canciones de Prince y de The Fugees y practicábamos los raps como si fueran trabalenguas. Nos enseñó la diferencia (abismal, según ella) entre baseball y softball que, ahora que no me oye, os diré que es lo mismo pero con una pelota más gorda.

Annie era de Nueva York y, como todos los neoyorkinos que viven en Florida, se sentía «de la ciudad» a muerte, exageraba su acento de Brooklyn y no tenía ni una sola camiseta o calcetín que no dijera NYC por algún lado. Justo por esas fechas su equipo de baseball del alma, los New York Mets, jugaban contra los Florida Marlins. Los Marlins eran un equipo nuevo, solo llevaban un par de temporadas en la liga y la cosa prometía.  Había que ir a ver ese partido sí o sí.

Teníamos que bajar a Miami.

Miami nos quedaba a cinco horas en coche (sin paradas) y éramos cinco personas muy apretadas en un Jeep Wrangler de esos de capota de lona, de esos rústicos de banqueta a pelo. De esos que no tenían reposacabezas traseros, ni maletero, así que llevábamos todas las bolsas sobre las piernas. Nos hablábamos a voces porque, como la capota era una telilla, el ruido cuando estábamos en marcha era infernal. Un coche, sin lugar a dudas, ideal para viajar en familia. Lo conducía una amiga de Annie. De copiloto, iba Dan. Y detrás íbamos Elena y yo con Annie, que no paró de leer en todo el trayecto un libro forrado con una funda azul.

– ¡¿Qué lees?! – voceé

– ¡La Bibliaaaaaaa! ¡¿La has leídooooo?!

Me dejó muerta – ¡¿La Biblia?! ¡Hombreeeeeeee, síiiiiiiiiiii, en el colegioooooooooooooooo! – me reí, pero ella estaba bien seria. – ¡¿Por qué te estás leyendo ahora la Bibliaaaaaaaaaaaaaaaaaaa?!

Annie me enseñó las páginas, que estaban todas subrayadas. -¡Porque cuando me la termiiiinoooo, la vuelvo a empezaaaaaaaaaaaaaaar! ¡Esta es la sexta vueltaaaaaaaaaa!

Me giré hacia Elena y, sin decir ni mú, con una mirada de ojos como platos le pregunté «¡¿Pero tía, tú sabías esto?!» y ella, con otra mirada seria y el levantamiento de la ceja derecha me dijo «Sí, tía. Tú déjalo ahí…» No teníamos la mejor acústica para una conversación más larga, así que la hice caso y ahí quedó esa conversación sin acabar, aunque yo tuviera tres millones de preguntas.

Me pregunto ahora por qué vuelta irá, la verdad.

Entre que no podíamos hablar entre nosotros y que paramos ochenta veces, el trayecto se me hizo eterno. Que si vamos a parar a llenar el tanque. Que si compramos unos donuts. Que si ahora rellenamos el termo de café. Que si tenemos que volver a echar gasolina. Que si ahora necesito estirar las piernas. Yo ya pensé que no iba a necesitar nueva familia porque, total, íbamos ya a vivir ahí para siempre, en el Jeep.

Pero, al llegar a los Everglades, se acabaron las paradas. Durante millas y millas y millas el trayecto era una carretera recta acotada por dos verjas muy altas que protegen a los conductores de los animales y a los animales de los conductores. No se podía parar pero tampoco estaba permitido correr, por si un «bicho» -ya sea un caimán, una pantera o un oso (!)- nos salía a saludar. A mi todo aquello me recordaba peligrosamente a Parque Jurásico. «Ahora es cuando se nos pincha una rueda, paramos y nos come un oso. Que ya es mala suerte, porque deben de quedar dos o tres. O cuando se nos atraviesa un caimán en la carretera y, por esquivarle, damos tres vueltas de campana…» Yo ya me veía en lo peor. Y la pila del walkman, parpadeando amenazante con acabarse. Un estrés mortal.

Y cuando ya no me podía doler más el culo en aquella banqueta, cuando era ya de noche cerrada, cuando pa mi que Annie ya iba, linternita en mano, por la séptima vuelta de lo suyo… Por fin llegamos a Miami. Yo pensé que sería grande, luminosa, con olor a playa, rascacielos hasta el cielo y chicas en patines. Pero era de noche y nuestro hotel estaba en el extrarradio, así que nuestra llegada no fue nada espectacular. Vimos desde el coche casitas bajas decrépitas, calles vacías, alguna gente rara.

– Pues yo me imaginaba otra cosa, tía. ¿Tú vivirías aquí? – Me preguntó mi amiga Elena al bajarse del Jeep de un salto.

– ¡Qué dices, tía! -contesté yo- Para nada.

 

 

Fin.

 

 

 

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