La Feria de abril miameña

Hacía años que no iba yo a una feria pero, a raíz de un «foodtruck» que vi donde freían brownies, chocolatinas y demás guarradas (¿os acordáis? puse la foto en Facebook), me recomendaron que, si aquello me había impresionado, donde tenía que ir era a la feria. Así que se puede decir que fui a la feria de Miami, que se celebra justo ahora, en la primera quincena de Abril, por labores de investigación. Y, de paso, a disfrutarlo.

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Vamos por partes. Lo primero, pongamos en común qué entendemos por «feria»: dícese de un lugar -normalmente una o dos calles o la explanada de un aparcamiento- ocupado por atracciones ambulantes, puestecillos, banderines, olor a churros, orquesta, uno-dos, probando, probando, sí-sí, hola-hola, ¿se me oye?, qué alegría, qué alboroto, otro perrito piloto.

Pues no. Bueno, sí pero no. Veamos qué cosas tienen en común las ferias yankis con las de España:

La noria, la olla loca, el barco pirata, la casa del terror, los coches de choque… todos los «clásicos» están en ambas ferias. En la de Miami, normalmente por triplicado (ya sabéis, en América todo es más grande, así que tienen cuatro norias en vez de una).  Lo que no hay es bingo y eso es una gran decepción. Anda que no me habrán comprado mis padres cartones para ver si nos ganábamos la minicadena. Qué recuerdos.

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La comida basura y la fritanga son internacionales, aunque aquí se fríen cosas distintas. De las ferias españolas sales con olor a churros, a gofres calientes, a pescaíto tal vez, a palomitas de maíz de colores, y a algodón dulce. En la de aquí también vendían algodón pero había mucha más comida: puestos de muslos de pavo a la barbacoa (y sí, te llevas el muslo de pavo agarrándolo con la mano, todo lo grande que es, como si fueras Obélix), mazorcas de maíz (para la otra mano que tenías libre), helados gigantes, pizzas y todo, todo lo que puedas imaginar… pero frito. Y cuando digo todo, digo TODO, no sólo las patatas y los nuggets, estamos hablando de champiñones, brócoli, pepinillos, jalapeños, judías verdes, coliflor, queso, aguacate, ¡helado!… Cualquier cosa que se te ocurra puede rebozarse y pasar por la freidora.

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No hay puestos de chuches, pero creo que es porque esta gente es eficiente y te lo vende todo junto: ¿regaliz rebozado en chocolate o caramelo cubierto de M&M’s? Por supuesto.

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Y también me impresionó mucho esta «delicatessen»: el «Kettle Corn craze», que consiste en helado de vainilla con palomitas de maíz dulce, acompañado por kikos cubiertos de chocolate y salsa de caramelo con un toque salado. Ahí queda eso. Y, si sobrevives, vuelves a por más.

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No podían faltar los puestos de donuts, que a esta gente les encantan. Lo que me sorprendió fue que la ración estándar son «25 donuts por 6 dólares». Vale que son pequeños, como donetes, pero… ¿venticinco?

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Y hay un dulce muy típico de las ferias de aquí llamado «orejas de elefante», una especie de buñuelo crujiente, gigante y aplastado al que le ponen toda clase de complementos.  No sé qué tal estará… Como os digo, yo fui a la feria para investigar, pero si pruebo todo esto, creo que muero.

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Los feriantes son gente extraña en ambos lados del charco. Pero, la verdad, puestos a elegir, los españoles tienen mucha más gracia. Ese gitano que te anima a pescar el patito a cambio de un pikachu súper feo con un ojo mirando para cada lao o aquel que, con el micrófono a todo volumen, te asegura que siempre toca en la tómbola… Si no pescas nada, al menos te has echado unas risas con su desparpajo. Aquí los feriantes son más calladitos, flacos, a la mayoría le faltan un par de dientes y tienen un aire bastante más siniestro, más de consumidor de metanfetaminas. Sólo los de los puestos de comida me parecieron más simpáticos, los de las atracciones tienen el aspecto de la última persona sobre la faz de la tierra a quien confiarías a tus hijos. (No, no hice fotos).

Los bailes regionales no pueden faltar. ¿En España? El pasodoble, las sevillanas, las jotas, las rumbas… lo que surja, porque las ferias se ponen en las fiestas de los pueblos y de los barrios. Aquí feria y fiestas no tienen nada que ver (claro, si no tienen fiestas… Os lo digo yo, escribiéndoos esto en pleno Jueves Santo, laborable como el que más) así que el concepto «verbena» se pierde totalmente. Y, mientras en España nuestros mayores (y nuestros menores) bailan en las plazas de los pueblos, aquí pusieron a seis chiquitas mexicanas a zarandear sus faldas al ritmo de unos mariachis, con tres caballos pura sangre españoles dando vueltas alrededor, en un granero. Yo os juro que, en un alarde festivo, me puse a bailar aquello como pude, pero nadie se animó a seguirme y todos siguieron sentados en sus sillas, así que tiré pronto la toalla. Y, ¿por qué danzas regionales mexicanas en la Feria de Miami? os preguntaréis. Pues ni idea. En otros estados (también fui a una feria en Pensilvania, allá por el año 97…) sé que se escucha música country y se baila. Pero aquí, en Miami, cualquier cosa típica de cualquier país de América Latina tiene más tirón, creo yo.

Ahora vamos con las mayores diferencias:

No hay puestecillos, hay tenderetes extraños. En un extremo de la Feria, dentro de un pabellón cubierto, hay otra «feria», una más tipo IFEMA, como Juvenalia diría yo. Allí hay, lo primero, una exposición sin fin de murales, figuritas de cerámica, pinturas y proyectos de ciencias que han sido ganadores de certámenes en diversos colegios. Después de verlos todos, os digo una cosa: para ser un buen padre aquí, tienes que haber estudiado Bellas Artes. Porque está claro que ese «proyectito», hecho dentro una simple caja de zapatos, que representa las distintas capas del océano con gomaespuma de diversos colores, desde el negro de las profundidades al verde turquesa de la superficie, donde un manatí de tela pintado a mano está cosido a la tapa… no lo ha hecho el pequeño Johnny, de Primaria, sin ayuda. Seguramente todo lo que haya hecho Johnny ha sido llevar la caja sin tirarla al suelo con éxito, y le felicito por ello. A los padres, les diría que podrían exponer en el MoMA.

En esa parte de la feria, hay también expositores. Lo normal, un stand del ayuntamiento, promoviendo el reciclaje, otro de la policía, otro del centro nacional de huracanes… ya la cosa se va complicando cuando ves que los Testigos de Jehová tienen un chiringo súper grande. Después, ves un stand de una empresa que pone ventanas y puertas blindadas. Luego, un puesto de juguetes de plástico chinos. Al lado, un puesto de venta de drones y otro de alarmas para el hogar. Seguido, un puesto donde un tipo con una camiseta que dice «Yo soy musulmán y por eso amo a Jesús» te regala un Corán. A su derecha, un puesto de pulseras (¡por fin algo normal!). Al fondo, los de la perrera con unos cuantos chuchillos en busca de adoptantes. En la otra esquina, un par de coches antiguos y una Harley Davidson tuneada. Y, por último, el triste stand -solo una mesa y una señora muy lánguida repartiendo folletos- de una funeraria.

Vamos a ver. ¿Quién demonios va a la feria, entra al pabellón a ver las manualidades de sus niños y termina con un folleto informativo de precios de ataúdes y cremaciones? A mi que me lo expliquen.

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Aprovechan y montan la granja escuela. ¿De dónde viene la leche? ¡De las vacas! ¿Y de dónde vienen las vacas? ¡De la feria! Porque, efectivamente, había allí una vaca a la que te dejaban ordeñar y que, además, debía de ser una santa, porque los niños le apretaban las tetas con saña y la pobre no daba ni una coz. También había unas cuantas cabritillas, pollitos en una cámara con calor, caballos, unos cuantos ponys y una colección grandísima de conejos de todas las razas metidos en jaulas, con cara de aburrimiento. También había un pequeño «zoo» con una cebra, un canguro, dos emúes, más cabras y un par de mulas de Nepal que se dejaban acariciar y dar de comer zanahorias (a 1 dólar). Y, por todas partes, fuentes con agua no potable y jabón para lavarte y desinfectarte inmediatamente las manos. Muy poco didáctico me pareció (lo de la vaca todavía, pero no vi que se explicara nada de las cabras, los conejos u otros animales, simplemente estaban allí). Eso sí, todo muy higiénico. El colmo fueron los cerdos que, lejos de mostrarse como animal de granja, sólo salían cada dos horas… ¿a qué? ¡a correr! Y luego dicen de los cerdos de pata negra, que si son atléticos… ¡estos cerdos corren más que yo!

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Te cobran la entrada. Aquí nada es gratis, así que si quieres entrar en la feria, cómprate una entrada porque, con la excepción de los niños menores de 5 años, aquí todos pagan sus 14 dólares por cabeza que, además, no incluyen nada. Cada atracción cuesta entre dos y cuatro dólares, así que el día en la feria te termina saliendo por un pico. Por eso, te puede interesar comprarte un pase completo (atracciones ilimitadas) por «solo» 30 dólares por persona en los días de diario y 37 los fines de semana. Carísimo me pareció.

Hay tropocientas normas. Porque esto es América, «the land of the free», pero si no hay mil ochocientas reglas para todo, no tiene gracia. Así que el cartel de la entrada no puede ser más grande, os hice la foto del que estaba en español para que lo veáis. Me hizo gracia ver que están prohibidos los drones pero te puedes comprar uno. Está prohibido entrar con animales pero puedes adoptar a un perro. Y está prohibido distribuir literatura pero te regalan un Corán. Todo súper coherente, como veréis.

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Y, por supuesto, olvídate de poder comprar nada de alcohol. Esta es una feria sin cerveza. ¿Igual es por eso por lo que no bailan?

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¡Besos a todos!

Belén

 

 

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